IV Encuentro Internacional de Banda Ancha y Cable módem. El cable: red alternativa para el conocimiento y la inclusión digital

En primer lugar quiero agradecer a los organizadores de este Encuentro por haberme invitado a participar de este panel y a compartir esta mañana con Uds. y aprovecho para saludar también a Marcos (Novaro), Gustavo (Posse) y Sergio (Massa).

Se nos propuso reflexionar sobre las perspectivas políticas y económicas de nuestro país y tratándose de la Argentina sabemos que esta tarea siempre insume un poco más de esfuerzo por nuestra tendencia a la imprevisibilidad.

Es por ello que antes que hacer predicciones prefiero distraer estos minutos para reflexionar sobre los fenómenos del aquí y el ahora, compartir una serie de preocupaciones y finalmente fijar mi posición respecto a lo que creo todos como dirigentes y ciudadanos tendremos que debatir en los próximos meses de cara al proceso electoral.

Por lo tanto sin hacer aquí un análisis económico exhaustivo no quisiera dejar de mencionar algunas de las cosas que nos preocupan, y que creemos deben estar en la agenda de un futuro gobierno.

En primer lugar me preocupa la sustentabilidad de un modelo basado en el consumo en un contexto de alta inflación.

Especialmente cuando el consumo es producto de una combinación de factores tales como la inflación que induce a desprenderse de los pesos, una baja expectativa devaluatoria, que desincentiva la dolarización y una tasa real de interés negativa, deberían empezar a encenderse las señales de alarma.

La principal problemática económica por tanto sobre la cual debemos poner el foco es sin lugar a dudas la inflación, y su impacto sobre el salario real y la distribución del ingreso.

La inflación es un grave problema macroeconómico que no se puede negar como sistemáticamente hace el Gobierno.

Porque aunque Boudou opine lo contrario la inflación hace más pobres a los pobres que son ‘rehenes’ del aumento de precios de los alimentos.

Funciona además como un impuesto, no legislado, que le quita poder adquisitivo a la gente y se lo da al Estado.

Erosiona el poder adquisitivo del salario generando mayor conflictividad laboral, con el agravante q tiende a quitar una porción de ingresos proporcionalmente mayor a los trabajadores de menores ingresos.

Es por ello que el discurso kirchnerista construido exclusivamente sobre la puja redistributiva es absolutamente insuficiente para explicar y mucho menos para resolver los problemas de inflación.

El gobierno se niega siquiera a ponderar el origen monetario o fiscal de la inflación, como si la mera construcción de un relato alternativo fuera suficiente para resolver este flagelo que nos acecha, y del que lamentablemente tenemos experiencias nefastas en nuestra historia reciente.

Pero no sólo se trata de inflación, sino también de un tipo de cambio real apreciado, un gasto público creciente y un superávit fiscal inexistente, y una fuga de capitales que hace más de 40 meses (es decir desde fines de 2007) se mantiene sostenidamente en el tiempo , lo que hace prever la necesidad de un ajuste en el sistema económico que tarde o temprano producirá costos sociales elevados.

Significa eso que tendremos una nueva crisis como la reciente, probablemente no, pero significa también que en algún momento habrá que sincerar la realidad de nuestra economía, y cuando eso suceda mi preocupación es si la respuesta estará en manos de un gobierno que actuará con racionalidad o uno que volverá a doblar la apuesta causando graves daños para el futuro de nuestro país.

Me pregunto si este gobierno podrá resolver racionalmente la maraña de subsidios a los servicios públicos o terminará nacionalizando empresas.

Si será capaz de reconstruir la confianza para que los capitales dejen de huir de la Argentina.

Si será capaz de arbitrar entre intereses sectoriales sin generar mayores tensiones; y en este sentido si tendrá la voluntad política y la capacidad de instituir un nuevo “modelo sindical” y de negociación colectiva, más democrático, que represente mejor el interés del conjunto de los trabajadores, antes que el de sus dirigentes o si seguirá asociado a Moyano y compañía.

Porque la verdad es que cuesta mucho creer que el gobierno esté dispuesto a romper la alianza estratégica que ha sostenido no sólo con un sector del sindicalismo sino sobre todo con sus métodos y sus formas.
No podemos ser tan ingenuos como para olvidar la complicidad entre ambos sectores, los intentos amparados por el gobierno de cooptar los fueros laborales, los bloqueos a las empresas y hasta las amenazas públicas a la Justicia y a los medios de comunicación en relación a las causas judiciales que involucran a la dirigencia sindical más encumbrada.

Esa dirigencia que nunca faltó de los palcos oficiales, aunque seguramente durante la campaña no de tan bien en cámara.

Me pregunto si este gobierno será capaz de devolverle competitividad a nuestra economía o pretenderá seguir sosteniendo el superávit comercial a través de las barreras a la importación, y otras barreras para arancelarias que seguirán dañando las relaciones comerciales de nuestro país con socios estratégicos y perjudicando, en definitiva, a la producción nacional.

Si en orden a propiciar una mayor sustentabilidad del proceso de crecimiento económico que nuestro país necesita, con más y mejores inversiones, este gobierno contribuirá a establecer “reglas de juego” claras, reduciendo la incertidumbre política y regulatoria o pretenderá seguir avanzando sobre el capital y la iniciativa privada.

Si se legislará de manera responsable derechos como el de los trabajadores a participar de las ganancias empresarias, o sólo se disfrazará de sensatez el discurso durante los próximos meses.

A la luz de la experiencia de los últimos 8 años y medio, claramente considero que no es precisamente éste, el gobierno capaz de realizar estos cambios, imprescindibles para el bienestar de los argentinos.

Pero lo que me parece una amenaza mayor es que detrás de la cáscara de la bonanza económica, la Argentina de los últimos años, ha ido deteriorando seriamente sus posibilidades de desarrollo sustentable.

Nos hemos cansado todo este tiempo de escuchar funcionarios recitándonos las bondades del “modelo redistributivo”.

Efectivamente, debemos concederles, la economía ha experimentado un proceso de crecimiento con pocos precedentes en nuestra historia, a tasas “chinas”, como se dice, del orden del 8,5% anual promedio durante 2003-2010.

Esto ha impactado, inexorablemente de manera positiva, en todas las variables económicas y sociales, luego de la debacle del 2001, que dejó a la mitad de la población sumida bajo la línea de la pobreza y a uno de cada cuatro trabajadores desempleados.

El desempleo ha caído a un dígito (7,3% según el último dato oficial; con un 40% de informalidad); hemos tenido un fuerte superávit comercial (US$ 13.136 millones balance comercial promedio 2003-2010), que aportó las divisas necesarias al proceso, sumado a un superávit fiscal, al menos hasta 2009 (cuando, bien medido, sin contar recursos extraordinarios de BCRA/ANSES, se perdió), fueron las bases sobre las que se asentó el crecimiento de la economía.

Sin embargo, la Argentina sigue siendo un país tan desigual como lo era hace dos décadas.

Nuestro país es hoy tan desigual como en plena “maldita” década del 90, la brecha de ingresos entre el 10% más rico y el 10% más pobre es ahora prácticamente la misma que en el último trimestre de 1998; seis veces más que a fines de 1994 y 12 más que en octubre de 1988.

Y ese es el eje sobre el que tenemos que pensar la Argentina del futuro.

Porque si bien es cierto que en estos años hemos reducido los niveles de desigualdad no hemos alcanzado siquiera aún los niveles del 2001.

Hemos mejorado, por supuesto, eso es innegable, pero hemos mejorado sólo respecto a los valores de la crisis, sólo respecto a la situación más profundamente crítica de nuestra historia contemporánea.

Sin embargo a partir del 2007 el proceso comienza a revertirse, no son lo mismo en términos económicos ni de redistribución del ingreso los ocho años de gobierno kirchnerista, todas las variables económicas y sociales así lo indican, aunque claro sea más difícil mostrarlo, porque deliberadamente se eligió esconder los números reales de la economía y construir un relato, como si ambas cosas permitieran crear una realidad paralela.

Por lo tanto, si admitimos como cierto que la situación social mejoró enormemente de aquella que nos legara la crisis del 2001 y sobre todo las elevadas tasas de desempleo que se disparan a mediados de los ´90, no podemos negar que a partir del 2007 tal como se observa en los indicadores de pobreza, empleo y de participación de los asalariados en el PBI, se produjo una esterilización de los efectos positivos que el crecimiento podía tener sobre los ingresos, ya sea como consecuencia del proceso inflacionario como de la desaceleración en la generación de puestos de trabajo.

Por lo tanto el supuesto modelo redistributivo ha dejado, hace varios años, de distribuir y no ha resuelto los altísimos niveles de desigualdad de una sociedad que cada vez más va perdiendo la homogeneidad que otrora supimos tener.

Por el contrario seguimos reproduciendo los niveles de desigualdad en la medida en que no se han mejorado ni los niveles de empleo ni el poder adquisitivo de los trabajadores (ya que sólo una parte del sector formal logró ganar la carrera inflacionaria) en un contexto de expansión de la actividad económica .

Lo que no obsta a reconocer el paso significativo que se ha dado a través de la asignación universal por hijo y la inclusión de más de 2,5 millones de jubilados al sistema previsional.

Sin embargo, si hay algo que no pueden describir los impulsores del “modelo”, es cuáles son los mecanismos de movilidad social que han logrado reactivar en la Argentina en casi una década que llevan de gobierno.

Y éste es el dato central si estamos hablando de las perspectivas económico-políticas de la Argentina.

Porque por lo menos 1 de cada 4 argentinos sigue siendo pobre, y tal como evoluciona nuestra economía en los últimos años pareciera que ese es un piso que será muy difícil perforar.

Salvo claro que se acepte la necesidad no de profundizar sino lisa y llanamente de modificar este modelo.

Porque ciertamente si con altos niveles de crecimiento y bajos niveles de desempleo seguimos teniendo una enorme cantidad de ciudadanos sumidos en la pobreza es imprescindible repensar dónde debemos poner el foco para resolver esta situación.

Por ejemplo una simple distribución de los hogares por el origen de los ingresos muestra dos aspectos principales: en primer lugar, que la pobreza afecta mucho más intensamente a los hogares donde la fuente de ingresos es informal; en segundo término, que la brecha entre la tasa de pobreza de los hogares con ingresos informales y la de los que tienen ingresos formales, es ahora mucho mayor que en 2003 .

Por lo tanto con estas condiciones estructurales, la desigualdad se da especialmente al interior de la mitad inferior de la pirámide distributiva.

En seguida se vuelve evidente que es necesario mejorar las condiciones de nuestro mercado laboral, que sigue siendo extremadamente segmentado y en el cuál la diferencia entre quienes trabajan en la formalidad de quienes lo hacen en la informalidad es absolutamente significativa.

“En el quintil de ingresos más bajo tres de cada cuatro ocupados no están registrados; en el más alto, en cambio, la proporción es de uno de cada diez”, esto explica que entre los trabajadores informales la pobreza impacte en un 25% de los casos mientras que en los formales ese número sea apenas del 5% .

La correlación entre ciertas calificaciones formales, como por ejemplo el haber terminado la escuela media, y la posibilidad de acceder a un empleo formal es extremadamente elevada.

Por último y simplemente para seguir dando cuenta de que si hay algo que sigue faltando en la Argentina es un verdadero modelo redistributivo, aún tomando los datos de la encuesta permanente de hogares que elabora el INDEC se observa que entre 25% de la población de menores ingresos el desempleo supera el 18%, y hay un 16% de empleo intermitente.

Claramente estos sectores se beneficiaron muchísimo menos del crecimiento del empleo en los últimos años, para ellos la falta de cobertura duplica el porcentaje promedio de la población y es 5 veces más alta que la mitad de mayores ingresos, y “tal vez donde se nota más el rezago del 25% de menor ingreso per cápita es en las condiciones de vivienda. Con la excepción del acceso al agua, los progresos obtenidos aquí son mínimos. Los altos índices de hacinamiento, carencia de cloacas, ubicación en zonas que se inundan, o aledañas a basurales, son casi los mismos que en 2003” .

En conclusión pese al crecimiento a tasas chinas y el discurso oficial se observa la persistencia de una pobreza de largo plazo que va mucho más allá de los factores negativos de corto como la inflación y los positivos del ciclo post-crisis como nivel de actividad y empleo.

Por supuesto que esta no es una cuestión sencilla de resolver, ni podría uno pedir que en pocos años se revirtiera un proceso que lleva décadas.

Lo que si necesitamos es volcar los esfuerzos correctamente y asumir que tenemos un problema serio, que es un alto piso de pobreza, que la trasmisión de esa pobreza tiene características intergeneracionales y que esta situación está asociada no sólo a los niveles de satisfacción de demandas básicas, aunque eso sea esencial, sino a la posibilidad de un desarrollo.

Porque un criterio real de justicia social debe incluir además de la redistribución de la riqueza, la redistribución de las posibilidades de influencia en una comunidad y para ello es necesario no sólo condiciones básicas de vivienda, salud y alimentación, sino sobre todo y muy especialmente condiciones básicas de acceso a la educación, a la innovación, al progreso individual y colectivo.

Y la verdad es que no se observa ninguna estrategia de movilidad social sustentable que haga de nuestro país un mejor lugar para vivir para la mayoría de los argentinos.

En definitiva lo que quiero señalar muy enfáticamente es que, más allá del relato que quiere imponer este gobierno, no es posible tapar el sol con las manos y que hay una realidad de la Argentina profundamente preocupante en términos sociales de mediano y largo plazo.

Que el supuesto boom del consumo probablemente distraiga la atención de un sector de nuestra sociedad, que sólo empieza a ocuparse de las cuestiones que trasciende su cotidianeidad cuando se ve personalmente afectada por las crisis, no debe confundirnos a nosotros que como dirigentes políticos, sociales, empresariales no podemos dejar de advertir y señalar estas cuestiones.

Y la verdad es que no puedo ocultar mi preocupación, porque creo que en gran medida, las respuestas a éstos y muchos otros problemas que nos afectarán en los propios años dependerán en gran medida de decisiones que adopte el Poder Ejecutivo, y en las que, de profundizarse este modelo de gestión, cada vez tendrán menos injerencia el resto de las instituciones públicas y privadas.

Lo que me lleva a terminar mi exposición hablando, de algo que sin dudas es menos taquillero y bastante más aburrido sobre todo a la hora de provocar el debate público, que es el riesgo autocrático que nos acecha.

Esa, creo yo, es la elección que tendremos que hacer para el próximo turno electoral.

Eso es lo que se resolveremos en las urnas y es por ello, finalmente, que no cejamos en nuestro intento de construir una propuesta seria, responsable, creíble para la ciudadanía.

Una propuesta que nos permita reconstruir, desandar, el camino de la pérdida de calidad de vida democrática que hemos sufrido en los últimos años y que estoy seguro se profundizará enormemente de ser reelecto este gobierno.

En la Argentina los partidos políticos, los sindicatos, el Poder Judicial y el Congreso compiten por los últimos lugares en la confianza ciudadana, sin embargo ese fenómeno se invierte cuando se trata del Poder Ejecutivo.

Pero éste no es un fenómeno local, mientras en América Latina la confianza en la Democracia ha crecido sostenidamente en la última década, paradojalmente el país en la región que presenta mayores niveles de apoyo (84%) es Venezuela .

Y porqué este resultado nos parece paradojal, porque no debe haber país en la región que reciba mayores críticas respecto a la calidad de su democracia que Venezuela, sin embargo esto parece no afectar la percepción de sus ciudadanos.

Por supuesto que uno no pretende del ciudadano común un análisis crítico del funcionamiento de su sistema institucional y que el grado de satisfacción con el sistema democrático depende en gran medida de las expectativas generales que cada sociedad tenga respecto de su sistema político, pero es justamente esa percepción la que en definitiva se torna en apoyo a determinadas formas de gestión pública.

En mi criterio estamos viviendo años muy críticos para el futuro de nuestra democracia, pero entendida ésta no sólo en su componente plebiscitario, que es tal vez el que más se conserva, sino en sus otros componentes el liberal y el republicano.

En nuestro país cada vez hay menos libertad y menos República.

Y si esto está a su vez acompañado por una percepción positiva sobre la salud de nuestro sistema democrático y un apoyo ciudadano a un estilo de toma de decisiones concentrado en la figura presidencial, tenemos todos los condimentos para dar paso a un sistema autocrático.

Tampoco es éste un fenómeno exclusivamente latinoamericano; el mayor peso de los liderazgos por sobre las instituciones en un fenómeno típico de las democracias en el mundo que se ha acrecentado en los últimos 20 años, la diferencia radica en quiénes están en mejores condiciones para controlar a los príncipes democráticos y qué sociedades son más susceptibles de ser controladas por estos líderes.

Como nunca antes estamos asistiendo al fenómeno en que el poder ejecutivo ha tomado el lugar del legislativo como “sede de las decisiones políticas” y de esta forma “ya no se trata de decidir si interpretar o acatar la voluntad del Legislativo, sino de plasmar, a través del gobierno, los intereses y valores de una mayoría electoral” .

En definitiva no podemos pensar en recorrer un camino a contramano de las grandes tendencias que atraviesan las democracias modernas, pero sí tenemos que ocuparnos de la forma en que vamos a hacer ese tránsito.

Me preocupa el avasallamiento a las libertades que estamos viviendo. Me preocupa la persecución política a los opositores, la guerra declarada contra los medios de comunicación no oficialistas, el clima de agresión contra algunos periodistas y políticos, la incorrecta utilización de los organismos y la información en manos del Estado en detrimento de los intereses de ciertos ciudadanos o empresas.

Me preocupa que se gobierne de espaldas al Congreso Nacional, que se incumplan las resoluciones judiciales, aún aquellas que dictamina la Corte Suprema de Justicia.

Me preocupa que para reprimir un delito, expresamente tipificado en nuestro Código Penal, la policía tenga que pedir autorización a la ministra del área, la que sopesando los intereses políticos del gobierno, define si se cumple o no la ley y si se protege o no derechos amparados constitucionalmente.

Si consideramos como un piso mínimo de condiciones para definir un sistema democrático real (xq Dahl se refiere a Democracia en su sentido ideal y a poliarquía en el sentido práctico) aquellas que definiera el politólogo Robert Dahl en su obra La democracia y sus críticos, por lo menos se nos prenderían algunas luces de alarma

Sobre la libertad de prensa y expresión:
Si se profundiza el deterioro de la libertad de expresión por los ataques constantes a la prensa, la utilización de mecanismos indirectos de censura como por ejemplo a través del gasto en la publicidad oficial tal como lo reconociera la CIDH, los bloqueos a los diarios, la quita caprichosa de licencias a los medios de comunicación, los intentos de regular el papel prensa, los escarches a periodistas, por mencionar los que tenemos más frescos;

Sobre el derecho a competir por el apoyo electoral:
Si éste se desvirtúa a través de una ley electoral sumamente restrictiva como la que sancionó este gobierno, que acalla las voces opositoras, que prohíbe prácticamente la publicidad electoral, que condiciona absolutamente las actividades típicas de los partidos políticos a los breves períodos de campaña;

Sobre la existencia de fuentes alternativas de información accesibles:
Si la política del ocultamiento de la información que empezó por el INDEC, siguió por la no publicación de las estadísticas de seguridad, y la permanente negativa a sancionar una ley de acceso a la información combinada con el artilugio de la defensa de la privacidad de las personas para no dar a conocer por ejemplo los beneficiarios de la publicidad oficial y las multas a las encuestadoras privadas que pretenden difundir sus índices de inflación;

Sobre las elecciones periódicas libres y justas, que produzcan mandatos limitados:

Si seguimos escuchando voces a favor de una reforma constitucional para habilitar la reelección indefinida de quienes gobiernan;

Y finalmente si cada vez existen menos instancias de control de los poderes públicos porque éstas son cooptadas o desoídas;

En definitiva si no nos preocupamos y nos ocupamos de estas cosas y tan sólo nos conforma la posibilidad de expresarnos a través de las urnas cada dos años, nuestra Democracia está en problemas, queramos hacernos cargo de esa situación o no .

Por eso, la próxima elección es tan importante y confío en que sabremos presentar a la sociedad una propuesta superadora. Muchas gracias.