Días atrás, en medio de la ofensiva del gobierno por Papel Prensa, una “solicitada” de la Asociación de Entidades periodísticas Argentinas (ADEPA) trajo a colación, con brillante laconismo, un concepto clave para comprender al gobierno. El texto aludido comienza recordando que la verdad no se construye: la verdad es.
Según se nos ha dicho hasta el cansancio desde las tribunas presidenciales, todo puede ser reducido a “construcción de discurso” u “operaciones mediáticas”. Así, la verdad ya no tendría importancia; ni siquiera existiría, y si existiera, no valdría la pena perder tiempo buscándola, porque lo único que serviría sería usar mejores argumentos o tener más fuerza que el oponente para imponerle el propio parecer.
La contundente afirmación del comunicado de ADEPA sostiene, como puede verse en las citadas primeras palabras, exactamente lo contrario. Así ha sido desde siempre: filósofos, hombres de ciencia y estudiosos de la realidad pasada o presente se esfuerzan en el descubrimiento de la verdad en sus respectivas disciplinas, conscientes de que sus avances de hoy servirían para que otros sigan el camino con la misma convicción y la misma humildad, sabedores todos ellos de que no está en sus posibilidades la posesión completa y definitiva de bien tan inmenso como esquivo.
Lejos de esta actitud, la Casa Rosada y sus amigos pretenden fabricar verdades a medida de sus conveniencias, y si los datos disponibles desmienten sus aseveraciones no importa; no serán tales minucias las que les impidan armar una historia más o menos apropiada en la dirección en que les interesa hacerlo. Los ejemplos sobran, y la propia exhumación de la historia de Papel Prensa es uno de ellos, por cierto harto elocuente.
Como bien recuerda ADEPA, a la verdad no se la edifica: se la va reconociendo e incorporando como valiosa pieza de nuestro patrimonio personal y colectivo. Ganaríamos mucho si siguiéramos al pie de la letra tan sensato principio.

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